A los 82 años, un corredor con una capacidad aeróbica de 30, rompe récords

Durante mucho tiempo, la investigación sobre el envejecimiento se apoyó en grandes promedios poblacionales. Esas estadísticas muestran, de forma consistente, una disminución gradual de la fuerza, la masa muscular y la capacidad cardiorrespiratoria a partir de la mediana edad.
Sin embargo, en ocasiones surge un caso individual que pone en cuestión esas tendencias generales. No como simple curiosidad mediática, sino como objeto de análisis científico. Eso ocurrió con Juan López García.
A sus 82 años, este corredor español no solo participa en competencias: ha establecido récords mundiales de ultramaratón en su categoría. Su desempeño llamó tanto la atención que un grupo internacional de investigadores decidió someterlo a evaluaciones fisiológicas avanzadas. Los resultados se publicaron en Frontiers in Physiology y plantearon interrogantes relevantes para la biología del envejecimiento.
Un comienzo tardío
La trayectoria deportiva de López García no empezó en la juventud. Trabajó durante décadas como mecánico en Toledo y no tuvo una carrera atlética temprana. Tras jubilarse, a los 66 años, intentó correr una milla y no pudo terminarla. Ese punto de partida hace aún más llamativa su evolución.
Con el paso del tiempo incrementó progresivamente su volumen de entrenamiento. A los 70 comenzó a competir en distancias cortas, luego medias, más adelante en maratones y finalmente en ultramaratones. En 2024 se consagró campeón europeo de maratón en la categoría M80. En 2025 estableció un récord mundial en 50 kilómetros con un tiempo de 4:47:39, manteniendo un ritmo cercano a 10,5 km/h durante más de cuatro horas y media.
Este rendimiento despertó interés científico más allá del logro deportivo. Los investigadores quisieron comprender qué ocurría a nivel fisiológico.
Lo que revelaron las pruebas
Fue sometido a estudios exhaustivos en cinta y bicicleta ergométrica. Se evaluó su consumo máximo de oxígeno (VO2 máx.), la eficiencia en la utilización del oxígeno, la potencia de zancada, la economía de carrera y el umbral de lactato. También se revisaron sus hábitos de entrenamiento y alimentación.
El dato más llamativo fue su VO2 máximo. En la mayoría de las personas, este parámetro disminuye aproximadamente un 10 % por década después de la mediana edad. En su caso, los valores fueron los más altos registrados por el equipo en alguien mayor de 80 años, comparables a los de hombres sanos de entre 20 y 30 años.
Sus músculos, además, mostraron una eficiencia poco común para captar y emplear oxígeno, un factor clave en deportes de resistencia. Aunque con el envejecimiento suele deteriorarse la cadena de transporte de oxígeno desde los pulmones hasta el músculo, en él esa caída fue mucho menor de lo esperado.
No obstante, el estudio también aportó matices: su umbral de lactato y su economía de carrera eran buenos, similares a los de atletas competitivos en la sexta década de vida, pero no extraordinarios. Tampoco se identificó una característica biomecánica única que explicara por sí sola su rendimiento.
Los autores concluyeron que su desempeño no responde a un “gen milagroso” ni a una anomalía aislada, sino a la combinación de elevada capacidad aeróbica, eficiencia muscular y años de entrenamiento estructurado.
Edad cronológica vs. edad funcional
El caso se inserta en una línea de investigación más amplia que analiza si envejecer implica necesariamente un deterioro marcado e inevitable. Los atletas máster de élite cuestionan los promedios poblacionales al mantener niveles de aptitud física que contrastan con la imagen habitual de fragilidad.
Uno de los conceptos clave es la diferencia entre edad cronológica —los años vividos— y edad funcional —el estado real del organismo en variables como resistencia o fuerza—. En el caso de López García, esa distancia parece amplia.
Otro dato destacado fue que conserva aproximadamente un 77 % de masa muscular, una proporción más común en personas mucho más jóvenes. Aunque esto no equivale directamente a potencia, se asocia con menor riesgo de sarcopenia y mejor autonomía.
El análisis de laboratorio mostró que no posee una biología “fuera de lo humano”. Más bien representa un ejemplo extremo de lo que puede ocurrir cuando se minimizan factores que aceleran el deterioro, como el sedentarismo prolongado.
El entrenamiento tardío como experimento natural
Un aspecto particularmente relevante es que comenzó a entrenar de forma sistemática a los 66 años, etapa en la que muchas personas reducen su actividad física. Esto convierte su historia en una especie de experimento natural sobre la plasticidad fisiológica en edades avanzadas.
Actualmente corre alrededor de 64 kilómetros por semana fuera de temporada y casi el doble antes de competir. Sus sesiones combinan rodajes largos de intensidad moderada, intervalos cercanos al ritmo de carrera y trabajo de fuerza con peso corporal. Sigue, además, un patrón alimentario de tipo mediterráneo.
No hay protocolos secretos ni suplementos extraordinarios. Su programa responde a principios clásicos del entrenamiento de resistencia: progresión gradual, constancia y equilibrio entre volumen e intensidad.
Los investigadores destacan que llegó a la vejez sin enfermedades incapacitantes, lo que pudo deberse en parte a factores genéticos. Sin embargo, consideran que su evolución no es solo inspiradora, sino parcialmente reproducible.
Más allá del récord
El valor de este caso no radica únicamente en su marca en 50 kilómetros, sino en que su VO2 máximo aumentó tras comenzar a entrenar en la séptima década de vida. Ese dato cuestiona la idea de que la mejora cardiovascular solo es posible en la juventud.
Esto no implica ausencia de riesgo ni inmunidad a lesiones. La edad cronológica sigue influyendo. Pero su ejemplo sugiere que el margen funcional podría ser mayor de lo que tradicionalmente se pensaba.
López García resume su experiencia de forma sencilla: no se siente viejo, pese a la cifra que marca su edad. Su percepción subjetiva coincide con los datos objetivos obtenidos en laboratorio.
Casos como el suyo no eliminan las incógnitas sobre el envejecimiento ni garantizan que todos puedan alcanzar su nivel. Pero sí aportan evidencia de que la trayectoria del declive no siempre es tan pronunciada como indican las estadísticas promedio. En esa diferencia se encuentra una de las discusiones centrales para una sociedad cada vez más longeva.
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