Chatbots y educación: cómo interviene la IA en la construcción del conocimiento

Cada mañana, antes de salir de casa, Sebastián le pide a un chatbot que convierta en un audio los textos que necesita estudiar. Lo escucha durante el trayecto hacia la escuela, mientras viaja y todavía no termina de despertar.
Cuando llega al aula, tiene una idea general de los temas: puede repetir algunos conceptos y responder preguntas básicas en un examen. Sin embargo, ese conocimiento suele quedarse en una capa superficial. Aprobó, pero realmente no aprendió.
Esta experiencia, con diferentes matices, comienza a aparecer con frecuencia entre estudiantes adolescentes que utilizan herramientas de inteligencia artificial para resumir contenidos escolares.
El problema no está en los resúmenes en sí, sino en reemplazar completamente el proceso mental que implica leer, analizar y construir una comprensión propia.
Leer implica atravesar la dificultad de no entender todo al principio
La lectura profunda requiere algo que ningún resumen puede sustituir: la capacidad de permanecer frente a una idea difícil, hacerse preguntas, relacionar conceptos y construir significado mediante el propio razonamiento.
Actualmente, muchas personas perciben ese esfuerzo como una pérdida de tiempo dentro de una cultura que premia la rapidez y la acumulación de tareas. Sin embargo, esa aceleración puede tener consecuencias en la forma en que desarrollamos nuestro pensamiento.
El psicólogo Jean Piaget explicó que el aprendizaje no ocurre simplemente acumulando información, sino mediante un proceso activo en el que la mente reorganiza lo que ya conoce para incorporar nuevos conocimientos.
Cuando una información coincide con nuestras ideas previas, podemos integrarla fácilmente. Pero cuando un concepto contradice o supera lo que entendemos, aparece una incomodidad intelectual que obliga a cuestionar, investigar y modificar nuestra manera de pensar.
Ese momento de duda es precisamente donde comienza un aprendizaje más profundo.
La pregunta es el motor del conocimiento
Por ejemplo, un estudiante puede memorizar que José de San Martín cruzó los Andes durante las guerras de independencia. Pero si se pregunta por qué eligió esa estrategia en lugar de otra ruta, comienza un proceso diferente.
Esa pregunta puede llevarlo a comprender factores militares, políticos y geográficos de la época. Ya no solo recuerda un dato: construye una red de conocimientos relacionados.
Piaget denominó “acomodación” al proceso mediante el cual la mente modifica sus estructuras para integrar nueva información. Esa reorganización interna es lo que permite que el conocimiento permanezca.
El riesgo de la ilusión de saber
Solicitar constantemente a una inteligencia artificial que resuma información puede ser parecido a pedirle a otra persona que haga el trabajo intelectual previo. El resultado entrega información procesada por alguien más, pero no necesariamente genera comprensión propia.
Además, los modelos de inteligencia artificial pueden reflejar limitaciones o sesgos presentes en los datos con los que fueron entrenados, por lo que los resúmenes no siempre representan una visión completa o precisa del tema.
El mayor riesgo es que la persona crea que aprendió cuando en realidad solo recibió una versión simplificada del conocimiento.
No saber algo es diferente a no darse cuenta de que no se sabe. La inteligencia artificial puede generar una sensación falsa de dominio absoluto sobre un tema, eliminando la necesidad de seguir preguntando o investigando.
La adolescencia es una etapa clave para formar pensamiento propio
Durante la adolescencia ocurre un proceso fundamental: la construcción de una identidad y una manera personal de interpretar el mundo.
Es una etapa donde los jóvenes comienzan a cuestionar ideas externas y a desarrollar opiniones propias. Si el esfuerzo de pensar se delega constantemente en herramientas digitales, no solo puede afectar el aprendizaje académico, sino también la capacidad de reflexionar y tomar decisiones autónomas.
El pensamiento crítico requiere práctica: formular preguntas, aceptar errores, tolerar frustraciones y sostener la incertidumbre.
No se trata de rechazar la tecnología
El problema no es utilizar pantallas o inteligencia artificial, sino la forma en que se emplean.
Existen actividades digitales que también requieren razonamiento, estrategia y resolución de problemas. Por ejemplo, algunos videojuegos pueden estimular la planificación, la toma de decisiones y la colaboración.
La diferencia es que la escuela busca exponer a los estudiantes a áreas diversas —historia, ciencias, literatura, idiomas y matemáticas— que probablemente no elegirían por iniciativa propia, pero que amplían sus herramientas para comprender el mundo.
Si una persona solo consume información relacionada con sus intereses inmediatos, puede perder la oportunidad de desarrollar conocimientos variados y conexiones nuevas.
Pensar sigue siendo una tarea humana
La idea de que la inteligencia artificial puede eliminar el esfuerzo necesario para aprender es una ilusión. Pensar requiere tiempo, concentración y cierta incomodidad.
La tecnología puede ser una herramienta valiosa para explicar conceptos, organizar información, resolver dudas o acompañar el aprendizaje, pero no puede reemplazar el proceso interno mediante el cual una persona construye conocimiento.
El desafío actual consiste en aprender a utilizar la inteligencia artificial sin entregarle la parte más importante del aprendizaje: preguntar, analizar, cuestionar y formar un pensamiento propio.
La pregunta fundamental no es qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué estamos dejando de hacer nosotros al depender demasiado de ella.
Porque, al final, aprender sigue requiriendo algo que ninguna herramienta puede hacer en nuestro lugar: pensar.
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