Del cuidado al control emocional: el mandato de la perfección redefine el vínculo con los niños

El crecimiento de la cultura del bienestar no solo transformó la forma en que entendemos el cuerpo, la salud o el rendimiento. En los últimos años, también encontró en la crianza un espacio propicio para expandirse.
Con la promesa de promover el cuidado, la regulación emocional y un bienestar constante, fue tomando forma una auténtica industria de la crianza emocional. Esta convierte el vínculo con bebés, niñas y niños en un conjunto de prácticas que pueden evaluarse, repetirse y, sobre todo, comercializarse.
A menudo, este fenómeno se interpreta como un progreso frente a modelos de crianza del pasado marcados por la violencia, el castigo y la humillación. Y en parte lo es: actualmente existe mayor conciencia sobre el impacto dañino del maltrato físico y simbólico en la infancia. Sin embargo, pensar que esa violencia ha desaparecido por completo sería ingenuo. Muchas conductas persisten, aunque ahora relegadas al ámbito privado, fuera de la exposición pública. Paralelamente, surge una nueva exigencia: no solo evitar la violencia, sino reaccionar siempre de manera adecuada, correcta y emocionalmente impecable.
Lo que se presenta como acompañamiento respetuoso puede funcionar, en la práctica, como una forma renovada de control. La crianza deja de concebirse como un proceso atravesado por dudas, errores y particularidades, y pasa a entenderse como una serie de acciones “correctas” destinadas a obtener ciertos resultados: niños tranquilos, regulados emocionalmente y previsibles.
En este marco, el conflicto, el llanto, la angustia o el enojo ya no se reconocen como partes naturales del crecimiento, sino como fallas que deben corregirse. Las preguntas que generaciones anteriores se hacían, especialmente las madres, parecen hoy tener respuestas cerradas, sin espacio para la incertidumbre ni el diálogo.
De este modo, la salud mental queda subordinada a la lógica del bienestar. Ya no se piensa como un proceso subjetivo y relacional, sino como un estado que debe alcanzarse y mantenerse mediante técnicas, rutinas y protocolos. La idea subyacente es simple: si se aplican los métodos adecuados, el niño estará bien.
El problema es que esta promesa ignora un aspecto fundamental de la experiencia humana: no hay desarrollo sin conflicto, ni subjetividad sin malestar, ni crianza sin desafíos. Ninguna técnica puede garantizar resultados permanentes en un proceso atravesado por lo imprevisible y lo inconsciente.
Criar no consiste en aplicar fórmulas, sino en sostener un vínculo atravesado por lo desconocido. En ese lazo intervienen deseos, miedos, fantasías, historias personales no resueltas y mandatos heredados que influyen en la relación con los hijos, aun sin ser plenamente conscientes. La maternidad y la paternidad suelen actuar como un espejo profundo que confronta a los adultos con su propia historia y con heridas que creían superadas.
En ese recorrido pueden aparecer ansiedad, depresión y temores, potenciados por las expectativas sociales y el agotamiento. Reconocer estas emociones, incluso cuando son ambivalentes, forma parte de procesos considerados saludables tanto para madres y padres como para sus hijos.
No obstante, libros, conferencias, cursos, redes sociales e influencers difunden fórmulas que prometen resultados asegurados. Bajo la apariencia de cuidado, esta lógica termina convirtiendo la crianza en un espacio de autoexigencia constante, donde el error deja de entenderse como parte natural del aprendizaje y pasa a vivirse como una amenaza. Incluso el malestar se vuelve algo que parece medible y corregible, como si pudiera eliminarse por completo.
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