¿El cuerpo humano está preparado para los viajes prolongados al espacio?

Durante muchos años, la exploración espacial puso el foco en el desarrollo de cohetes, trajes y sistemas de soporte vital, mientras que el cuerpo humano era considerado un acompañante capaz de adaptarse mediante entrenamiento y disciplina.
Esta perspectiva comenzó a transformarse cuando las misiones se prolongaron y la investigación médica ganó mayor precisión gracias a la presencia humana continua en la Estación Espacial Internacional (EEI).
Con el tiempo, los estudios ya habían demostrado que viajar fuera de la Tierra no solo altera la postura y el equilibrio del organismo.
Investigaciones más recientes, sin embargo, revelan efectos aún más profundos: los vuelos espaciales provocan el desplazamiento del cerebro dentro del cráneo, generan deformaciones persistentes y no lineales, y modifican redes moleculares vinculadas a enfermedades cardíacas, neurológicas, musculares y sensoriales. De este modo, el espacio se perfila como un entorno extremo que expone de forma acelerada los límites biológicos del ser humano.
Estos hallazgos fueron destacados por el reconocido cardiólogo y genetista estadounidense Eric Topol, quien afirmó en la red social X que “los humanos no están bien preparados para los vuelos espaciales prolongados”.
En la actualidad, el cerebro se ha convertido en el eje de una de las preguntas más inquietantes de la biología espacial: qué sucede cuando la gravedad desaparece durante meses. El regreso a la Tierra ofrece una señal clara. De acuerdo con un estudio publicado en la revista PNAS, tras una misión tripulada el cerebro no recupera exactamente la posición que tenía antes del despegue.
Las imágenes de resonancia magnética muestran un desplazamiento del cerebro hacia arriba y hacia atrás dentro del cráneo, acompañado de leves rotaciones que modifican su posición promedio. Este fenómeno no ocurre de manera uniforme.
Las áreas sensoriales y motoras presentan los cambios más notorios, mientras que otras regiones muestran deformaciones laterales que no siguen un patrón lineal.
Estos resultados no se deben a una ilusión estadística. El análisis minucioso de imágenes cerebrales obtenidas antes y después de las misiones permitió medir traslaciones y deformaciones regionales que habían pasado desapercibidas en investigaciones anteriores.
Al utilizar el cráneo como referencia fija, los científicos lograron aislar el movimiento real del tejido cerebral. La conclusión fue clara: el cerebro se reacomoda dentro de la cavidad craneal como respuesta directa a la exposición prolongada a la microgravedad.
Además, cuanto mayor es el tiempo que una persona permanece en el espacio, más pronunciado es el desplazamiento observado. En los astronautas que pasaron un año en órbita, la corteza motora suplementaria mostró el mayor ascenso. Este fenómeno no se limita a cambios anatómicos.
La magnitud del desplazamiento en regiones multisensoriales se asoció con alteraciones en el equilibrio evaluadas antes y después del vuelo, lo que vincula las modificaciones estructurales con efectos funcionales concretos.
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