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Entre el mito de los 21 días y la evidencia científica

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Durante mucho tiempo se ha difundido la creencia de que 21 días son suficientes para incorporar un nuevo hábito. No obstante, investigaciones recientes citadas por GQ ponen en duda esta idea y señalan que el tiempo necesario puede variar ampliamente, desde poco más de dos semanas hasta varios meses, e incluso más de 200 días.

Una revisión sistemática publicada en PubMed examinó estudios sobre hábitos vinculados a la salud —como hacer ejercicio, beber más agua, mejorar la alimentación o reducir el sedentarismo— y concluyó que el promedio para consolidar una conducta oscila entre 59 y 66 días. Sin embargo, los casos individuales mostraron una gran variabilidad, con plazos que fueron desde 4 hasta 335 días.

Diversos factores influyen en la solidez del hábito, entre ellos la frecuencia con la que se practica, el momento del día, el tipo de conducta y, especialmente, si surge de una decisión personal. Los hábitos que se realizan por la mañana y aquellos elegidos de forma voluntaria tienden a afianzarse con mayor fuerza.

En términos generales, especialistas mencionados por GQ estiman que se requieren alrededor de 66 días —unas 10 semanas— de repetición constante para que una acción se vuelva automática. Aun así, este cálculo es orientativo y depende de características individuales y del contexto de cada persona.

El popular mito de los 21 días proviene de recomendaciones antiguas sin respaldo científico sólido para explicar la complejidad del comportamiento humano. Aunque la idea resulta atractiva por su simplicidad, muchas personas experimentan recaídas después de ese periodo, lo que demuestra que no existe una fórmula universal.

Las investigaciones actuales coinciden en que no hay un plazo estándar para interiorizar una rutina saludable. Algunas personas pueden lograrlo en 18 días, mientras que otras pueden necesitar más de 200. Por ello, el promedio de 10 semanas no debe interpretarse como una regla fija, sino como una referencia flexible.

El tipo de hábito también influye en el tiempo requerido. Acciones sencillas, como aumentar el consumo de agua, suelen adoptarse con mayor rapidez que cambios más complejos, como modificar la dieta o comenzar un programa regular de ejercicio. Además, intervienen variables como la motivación personal, la dificultad de la tarea, la disponibilidad de tiempo y el entorno.

Entre las estrategias recomendadas para formar hábitos destaca la secuencia señal–acción–recompensa. Primero se establece un estímulo que marque el inicio (por ejemplo, ponerse ropa deportiva), luego se realiza la actividad y, finalmente, se incorpora una recompensa inmediata que genere satisfacción, como disfrutar una bebida favorita o tomar una ducha relajante.

También es importante elegir un momento adecuado para iniciar el cambio. Intentar modificar rutinas en etapas de alto estrés o falta de tiempo dificulta la constancia. Contar con un ambiente favorable, organizar los recursos necesarios y reservar espacios específicos en la agenda facilita la adherencia.

Simplificar el proceso es otra clave: conviene adaptar la nueva conducta al estilo de vida propio y vincularla con rutinas ya existentes. Por ejemplo, leer unas páginas mientras se toma el café por la mañana puede ayudar a integrar la lectura como hábito diario.

Finalmente, la mentalidad desempeña un papel decisivo. En lugar de centrarse únicamente en resultados como bajar de peso o mejorar el rendimiento físico, resulta más efectivo enfocarse en el proceso y en los beneficios cotidianos que aporta la actividad. Cuando el hábito genera bienestar y satisfacción, aumenta la probabilidad de que se mantenga en el tiempo.

En definitiva, más que contar días, lo esencial es la calidad del proceso y la conexión personal con la conducta elegida. Adaptar el cambio a las propias preferencias y circunstancias es mucho más eficaz que seguir plazos rígidos presentados como soluciones universales.

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