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La investigación en nutrición ha llegado a una conclusión cada vez más sólida: nuestra alimentación influye no solo en la duración de la vida, sino también en su calidad.
Estudios recientes en gerontología y nutrición clínica han identificado un modelo dietético capaz de aumentar la longevidad y disminuir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y algunos tipos de cáncer. Este enfoque no se basa en prohibiciones extremas, sino en priorizar alimentos con alta densidad nutricional y en mantener un equilibrio metabólico adecuado.
En la base de este patrón alimentario destacan las legumbres, los cereales integrales y los frutos secos. Además de aportar fibra esencial para la salud del microbioma intestinal, ayudan a estabilizar los niveles de glucosa en sangre. Reemplazar parte de la proteína animal por fuentes vegetales como lentejas, garbanzos o soja se ha asociado con una mejor función mitocondrial, clave en la producción de energía celular. Asimismo, una ingesta elevada de fibra contribuye a reducir la inflamación sistémica.
Las grasas saludables también son fundamentales. El aceite de oliva virgen extra, el aguacate y los pescados azules ricos en omega-3 forman parte de los pilares de una dieta orientada a la longevidad. Estos lípidos favorecen la integridad de las membranas celulares y ayudan a combatir la inflamación crónica relacionada con el envejecimiento. En contraste, limitar azúcares refinados y carnes procesadas resulta esencial para disminuir el estrés oxidativo y la acumulación de residuos metabólicos.
No solo importa qué se come, sino también cuándo se hace. Estrategias como el ayuno intermitente o concentrar la ingesta en una ventana de 10 a 12 horas al día pueden estimular la autofagia, un mecanismo mediante el cual el organismo recicla componentes celulares dañados. Complementar estos hábitos con una hidratación adecuada, basada principalmente en agua y bebidas antioxidantes como el té verde, puede potenciar los efectos protectores frente al envejecimiento.
Por último, los especialistas insisten en que cualquier plan alimentario debe ser sostenible y disfrutable. En las llamadas Zonas Azules —lugares del mundo con alta concentración de personas longevas— no predominan las dietas extremas, sino el consumo de productos frescos, locales y de temporada, junto con una moderación calórica razonable. La longevidad no depende de un alimento milagroso, sino de una práctica constante de alimentación consciente que beneficie tanto al cuerpo como al bienestar general, sumando no solo años a la vida, sino también calidad a esos años.
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