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La inteligencia no muere a los 40: Harvard descubre cómo evoluciona el cerebro

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Llegar a los 40 años no implica el comienzo de un deterioro intelectual, sino una transformación significativa en la manera en que funciona la mente.

De acuerdo con Arthur C. Brooks, profesor de la Harvard Business School y especialista en bienestar, el verdadero éxito en la mediana edad surge al comprender que la inteligencia no se pierde, sino que se transforma: pasa de la llamada inteligencia fluida a la inteligencia cristalizada.

Este proceso biológico, que puede generar inquietud si no se entiende, constituye en realidad la base para construir una trayectoria profesional duradera y una vida más equilibrada después de los 40.

El punto máximo de la agilidad mental y el mito del declive

Durante mucho tiempo se ha exaltado la juventud por su rapidez mental, memoria ágil y capacidad para resolver problemas novedosos con inmediatez, cualidades que forman parte de la inteligencia fluida. Estudios citados por Brooks indican que esta habilidad suele alcanzar su máximo alrededor de los 39 años, tras lo cual la velocidad para procesar información disminuye de manera progresiva.

Ante este cambio, muchas personas experimentan cansancio o frustración al intentar mantener el mismo ritmo intenso de etapas anteriores. Sin embargo, el problema no es una pérdida real de capacidades, sino el intento de seguir compitiendo en un terreno que ya no corresponde a su momento biológico. La insatisfacción aparece cuando se comparan constantemente con su versión pasada, sin reconocer las nuevas fortalezas que trae la madurez.

La inteligencia cristalizada: la fortaleza de la experiencia

Lejos de representar obsolescencia, las décadas de los 40, 50 y 60 suelen ser el periodo en que florece la inteligencia cristalizada. A diferencia de la fluida, esta no disminuye con el tiempo, sino que se consolida. Se basa en el conocimiento acumulado, la capacidad de identificar patrones complejos, sintetizar información y emitir juicios sólidos.

Mientras la juventud destaca por su rapidez, la madurez sobresale por su criterio, perspectiva estratégica y sabiduría. Según Brooks, esta forma de inteligencia favorece el desempeño en funciones de liderazgo, mentoría y docencia. El cerebro maduro tiene mayor facilidad para comprender el contexto global y conectar ideas que podrían parecer inconexas para alguien más joven. No es casual que muchas decisiones clave en empresas y gobiernos estén en manos de personas en este rango de edad.

Redefinir el éxito en la madurez

Las conclusiones respaldadas por investigaciones de Harvard apuntan a que el bienestar depende de una adaptación consciente. Quienes orientan su carrera hacia funciones donde se valore la experiencia, la interpretación y la guía —más que la ejecución técnica rápida— suelen reportar mayor satisfacción y menos estrés.

Replantear las expectativas personales permite dejar de percibir el envejecimiento como una amenaza y comenzar a verlo como una etapa de oportunidad, en la que la experiencia se convierte en un aporte único y significativo para la sociedad.

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