La longevidad no depende solo del estilo de vida

Solemos creer que vivir más años depende, ante todo, de nuestras elecciones: alimentarnos bien, hacer ejercicio, dormir lo suficiente y evitar conductas de riesgo.
Esa idea tiene fundamento, pero no explica un hecho evidente: hay personas que alcanzan edades muy avanzadas sin haber seguido precisamente un estilo de vida ejemplar. La cuestión incómoda es qué parte de la longevidad controlamos realmente y cuál viene determinada por nuestra biología.
Un análisis reciente plantea que la influencia genética podría ser mayor de lo que se pensaba. No porque los hábitos saludables dejen de importar, sino porque durante años se mezclaron dos fenómenos distintos: morir por el deterioro natural del organismo y morir por factores externos que no reflejan necesariamente cómo envejece el cuerpo.
Distinguir el envejecimiento del azar
Muchos estudios clásicos sobre longevidad, basados en gemelos y grandes familias, concluyeron que la herencia explicaba solo una fracción moderada de los años vividos. El mensaje era claro: el entorno y el estilo de vida tenían el papel principal.
Sin embargo, esas investigaciones analizaban poblaciones que crecieron en épocas con mayor exposición a infecciones, accidentes y condiciones adversas. En ese contexto, numerosas muertes tempranas no estaban relacionadas con el proceso biológico de envejecimiento. Cuando alguien fallece joven por causas externas, su potencial genético para envejecer bien nunca llega a manifestarse.
El nuevo enfoque propone algo más preciso: no todas las muertes aportan la misma información sobre el envejecimiento. Separar las causas externas del deterioro interno modifica sustancialmente las conclusiones.
El efecto de reducir el “ruido”
Al diferenciar entre mortalidad extrínseca (accidentes, violencia, infecciones) y mortalidad intrínseca (desgaste progresivo de órganos y sistemas), la huella genética se vuelve más evidente. En escenarios donde las muertes externas disminuyen, la herencia explica una proporción mucho mayor de las diferencias en longevidad.
En términos simples, cuando observamos cómo envejecen las personas sin interrupciones prematuras del entorno, las variaciones genéticas adquieren más peso. La longevidad empieza a parecerse a otros rasgos complejos, donde biología y ambiente influyen de forma más equilibrada.
Los centenarios “atípicos”
Esta perspectiva ayuda a comprender por qué existen personas muy longevas que no encajan con el modelo clásico de vida saludable. No significa que fumar o llevar una mala dieta no tengan consecuencias, sino que algunas personas podrían contar con variantes genéticas que favorecen una mejor reparación celular, mayor resistencia al estrés biológico o una conservación más eficiente de sus sistemas corporales.
No se trata de “genes de la inmortalidad”, sino de diferencias en la forma en que cada organismo enfrenta el paso del tiempo. En contextos con menos mortalidad externa, esas ventajas biológicas se hacen más visibles.
La genética no es un destino inevitable
Que la herencia tenga más peso no implica que todo esté determinado al nacer. El entorno sigue siendo decisivo: alimentación, actividad física, nivel socioeconómico, acceso a servicios de salud y redes de apoyo influyen de manera significativa.
Podría decirse que la genética marca un potencial máximo, mientras que el estilo de vida influye en cuánto nos acercamos a ese límite. Además, vivir más años no garantiza necesariamente una mejor calidad de vida, ya que intervienen factores médicos, sociales y ambientales que aún no comprendemos por completo.
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