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La psicología, ignorada y subestimada en el cuidado de la obesidad

ENFERMEDADES
Redacción El Tiempo
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Mi objetivo es comunicar con claridad que la psicología forma parte esencial del abordaje de la obesidad, aunque con frecuencia no se reconozca así”, señaló Robyn Pashby, Ph. D., profesora adjunta de Investigación en Psicología en la F. Edward Hebert School of Medicine de la Uniformed Services University, en Washington, D. C., e integrante de la junta directiva nacional de la Obesity Action Coalition.

Pashby relató que recientemente una paciente tuvo que someterse a una colonoscopia sin anestesia porque, al llegar, le informaron que su índice de masa corporal superaba el rango con el que el anestesiólogo se sentía seguro. En otro caso, comentó que a una paciente le pidieron pesarse en el área de carga del hospital debido a que la báscula del consultorio no soportaba su peso. También mencionó que muchas mujeres han debido permanecer de pie en la sala de espera porque no había sillas adecuadas para su tamaño corporal.

Subrayó que las personas con obesidad no acuden a consulta desde una postura neutral, sino con expectativas de ser juzgadas o estigmatizadas, lo que constituye un factor determinante para evitar la atención médica. Por ello, quienes atienden a esta población deben integrar de manera natural la salud mental en las conversaciones sobre salud física. Una evaluación breve para detectar depresión, ansiedad o trastornos de la conducta alimentaria puede beneficiar considerablemente al paciente y favorecer el trabajo conjunto entre profesionales de la medicina y de la salud mental.

Pashby explicó que esta relación se entiende mejor cuando la obesidad se reconoce como una enfermedad cerebral cuyos tratamientos también actúan a nivel cerebral. Destacó que los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 (GLP-1) ejercen efectos tanto físicos como psicológicos. Estos fármacos impactan primero en el cerebro y después en el cuerpo, por lo que las respuestas iniciales suelen ser neurológicas y psicológicas antes que metabólicas.

Además de intervenir en los circuitos relacionados con el apetito, estos medicamentos influyen en áreas vinculadas con el aprendizaje, la motivación, la memoria, el sueño, el estado de ánimo y la percepción de la recompensa y el placer. Esto podría explicar por qué algunas personas experimentan cambios en antojos y emociones antes de observar variaciones en el peso. También es común que reporten una disminución temprana del llamado “ruido de la comida”, es decir, menos pensamientos intrusivos y menor conflicto interno respecto a la alimentación, lo que puede representar un alivio terapéutico significativo.

Aunque los cambios fisiológicos pueden presentarse en cuestión de días y la pérdida de peso ocurrir con rapidez, en personas con antecedentes de trauma o con fuerte estigmatización internalizada del peso, esta transformación acelerada puede sobrepasar su preparación emocional y generar vulnerabilidad psicológica. El temor a recuperar peso —basado en experiencias previas reales— puede intensificar la ansiedad durante este periodo.

Cuando el proceso biológico y el psicológico avanzan a ritmos distintos, aumenta el riesgo de problemas emocionales y de abandono del tratamiento. Por ello, el acompañamiento en salud mental resulta clave para sostener el proceso de manera estable y sostenible.

Asimismo, el estigma asociado al peso constituye un estresor tanto psicológico como biológico. Puede elevar la glucosa, estimular la liberación crónica de cortisol, incrementar la inflamación y producir efectos emocionales y conductuales acumulativos. Si bien los agonistas del GLP-1 pueden modificar la fisiología, no eliminan las huellas psicológicas del estigma prolongado.

Para muchas personas, la comida ha sido durante años una estrategia para regular emociones. Cuando esa herramienta se reduce o desaparece de forma repentina, se genera un vacío: el cerebro pierde una fuente habitual de consuelo y recompensa, lo que puede aumentar la angustia incluso cuando mejora la salud metabólica.

Ante este panorama, Pashby propone un modelo de atención basada en el trauma, siguiendo lineamientos de la Administración de Servicios de Salud Mental y Abuso de Sustancias (SAMHSA) de Estados Unidos, adaptados al contexto de la obesidad. Señala que vivir con obesidad puede representar un estrés traumático crónico, ya que la persona enfrenta juicios constantes de su entorno, incluidos profesionales de la salud. Si no se adopta esta perspectiva, advierte, se corre el riesgo de perder pacientes o de no brindarles la atención que merecen.

Un componente fundamental de este enfoque es la comunicación transparente. Al prescribir un agonista del GLP-1, por ejemplo, se puede explicar de manera clara que el medicamento podría generar beneficios como pérdida de peso, reducción de la presión arterial o mejor control glucémico, pero que también existe la posibilidad de que esos efectos no se presenten, y que en ese caso no sería responsabilidad del paciente, ya que se trata de una condición biológica.

También recomienda evitar comentarios centrados en la apariencia, como “se ve muy bien”, y optar por expresiones neutrales como “qué gusto verle”, considerando que el sobrepeso es una condición crónica y recurrente, y que un eventual aumento de peso podría interpretarse como un fracaso personal si el profesional ha vinculado previamente el valor del paciente a su apariencia.

Finalmente, sugiere asumir que puede existir un historial de estrés traumático relacionado con el peso y cambiar la perspectiva de “¿qué te ocurre?” por “¿qué te ha sucedido?”. Este cambio de enfoque puede implementarse en cualquier entorno clínico y, según evidencia emergente, no solo mejora la experiencia del paciente, sino que también reduce el desgaste profesional en médicos y médicas a largo plazo.

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