La trampa de lo 'saludable': 9 hábitos cotidianos que sin saberlo elevan la presión

En la consulta médica contemporánea es frecuente observar un cuadro complejo: personas con hábitos que parecen saludables, pero que mantienen cifras de presión arterial elevadas o en rango de prehipertensión. Esta llamada “hipertensión silenciosa” suele derivar de prácticas que socialmente se consideran positivas, aunque desde el punto de vista fisiológico y bioquímico imponen una carga importante sobre el endotelio vascular.
El abordaje de la hipertensión arterial no se reduce únicamente a disminuir el consumo de sal o promover la actividad física. Implica analizar la farmacocinética de ciertos suplementos, el balance de electrolitos a nivel celular y la regulación del sistema nervioso autónomo. Entender estos factores es clave para evitar el remodelado vascular y el daño en órganos blanco.
Consumo elevado de regaliz y productos herbales
Muchas personas recurren a infusiones de regaliz (Glycyrrhiza glabra) por sus supuestos efectos digestivos o antiinflamatorios. No obstante, su contenido de ácido glicirrícico bloquea la enzima 11-beta-hidroxiesteroide deshidrogenasa tipo 2, generando un cuadro similar al hiperaldosteronismo. Esto favorece la retención de sodio y la pérdida de potasio por orina.
El desequilibrio resultante incrementa el volumen extracelular y eleva la presión arterial de manera sostenida. Es fundamental detectar el uso de estos productos “naturales”, ya que pueden interferir con los tratamientos antihipertensivos, especialmente en personas sensibles al sodio.
Uso frecuente de antiinflamatorios no esteroideos (AINEs)
Es habitual que personas físicamente activas utilicen ibuprofeno o naproxeno para aliviar molestias musculares. Estos medicamentos bloquean las enzimas COX-1 y COX-2, reduciendo la producción de prostaglandinas renales vasodilatadoras, lo que disminuye la perfusión renal y favorece la vasoconstricción sistémica.
Al reducirse el flujo sanguíneo renal, se activa el sistema renina-angiotensina-aldosterona, aumentando la resistencia vascular periférica. Por ello, incluso en dosis consideradas habituales, es importante advertir sobre su impacto en la regulación hemodinámica.
Uso prolongado de descongestionantes nasales
Personas con alergias o rinitis suelen emplear de forma continua sprays con simpaticomiméticos como oximetazolina o fenilefrina. Aunque actúan localmente, pueden absorberse lo suficiente para provocar efectos sistémicos.
La estimulación de receptores alfa-adrenérgicos eleva la frecuencia cardíaca y la resistencia vascular, lo que puede descompensar a pacientes con hipertensión controlada. Se recomienda optar por soluciones salinas o corticoides intranasales bajo supervisión médica para evitar elevaciones iatrogénicas de la presión.
Sodio oculto en alimentos procesados “saludables”
Muchos productos etiquetados como bajos en grasa o “light” contienen cantidades considerables de sodio como conservador o potenciador del sabor. Ingredientes como el glutamato monosódico o el bicarbonato de sodio en panes integrales comerciales y embutidos pueden hacer que se superen fácilmente los 2,300 mg diarios recomendados.
El exceso de sodio incrementa la osmolaridad plasmática, estimula la liberación de vasopresina y desencadena vasoconstricción. Por ello, es esencial fomentar la lectura de etiquetas y priorizar alimentos frescos para proteger la función endotelial.
Consumo de cafeína cercano a la toma de presión
Si bien el café en cantidades moderadas puede aportar antioxidantes, la cafeína bloquea los receptores de adenosina, sustancia que favorece la vasodilatación. En personas sensibles o bajo estrés, puede producir aumentos transitorios pero relevantes de la presión sistólica y diastólica.
Es recomendable evitar la cafeína antes de medir la presión arterial y valorar la respuesta individual, ya que un consumo excesivo de estimulantes puede mantener una activación simpática crónica perjudicial.
Déficit de potasio por dietas restrictivas
En dietas para bajar de peso es común limitar alimentos ricos en potasio sin advertirlo. Este mineral, principal ion intracelular, contrarresta los efectos del sodio, facilita su eliminación y contribuye a la relajación vascular.
Un desequilibrio en la relación sodio-potasio es un predictor más fuerte de hipertensión que la sal aislada. Por ello, se debe promover el consumo de verduras de hoja verde, leguminosas y tubérculos para mantener un adecuado funcionamiento celular en el músculo liso arterial.
Privación de sueño y apnea obstructiva
Dormir poco altera el ritmo circadiano de la presión arterial. Normalmente, durante la noche la presión desciende entre 10% y 20%; cuando no ocurre este “dipping”, el sistema simpático permanece activo todo el día.
Si además existe apnea del sueño, los episodios repetidos de hipoxia desencadenan liberación de catecolaminas y estrés oxidativo, dañando el endotelio y favoreciendo hipertensión resistente al tratamiento.
Estrés social y sobrecarga de actividades
Incluso actividades gratificantes pueden generar una carga fisiológica si no hay descanso adecuado. El estrés crónico eleva el cortisol, aumenta la sensibilidad vascular a catecolaminas y favorece la retención de sodio.
La exposición prolongada a glucocorticoides contribuye al endurecimiento arterial. Incorporar técnicas de manejo del estrés, como respiración controlada o pausas conscientes, es esencial dentro de un enfoque integral.
Consumo de alcohol, incluso “moderado”
Existe la idea de que una copa diaria de vino es siempre cardioprotectora. Sin embargo, el alcohol tiene un efecto dual: inicialmente puede dilatar los vasos, pero posteriormente incrementa el calcio intracelular vascular, generando vasoconstricción sostenida.
El consumo habitual disminuye la eficacia de los antihipertensivos y activa el sistema renina-angiotensina. En personas con cifras difíciles de controlar, eliminar el alcohol puede traducirse en mejoras significativas de la presión arterial y la elasticidad vascular.
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