¿Por qué tus huesos son más fuertes? Genética y hábitos revelados

Las diferencias en la fortaleza de los huesos entre las personas responden a una interacción compleja entre la genética, los hábitos de vida, la alimentación y la estructura interna del tejido óseo.
Especialistas en salud ósea señalan que la resistencia de los huesos no es igual en todos los individuos, y entender estas variaciones es clave para prevenir enfermedades como la osteoporosis y para mejorar la calidad de vida en general.
La capacidad del hueso para soportar peso y evitar fracturas depende tanto de su densidad mineral como de su calidad estructural, factores esenciales para la movilidad y el bienestar físico.
La herencia genética tiene un papel decisivo en la tendencia a desarrollar huesos más densos o más frágiles. Algunas personas nacen con variantes genéticas que influyen directamente en la formación, el mantenimiento y la renovación del tejido óseo.
Por ejemplo, cambios en genes como LRP5, relacionado con la vía de señalización Wnt —fundamental para la formación ósea—, o COL1A1, encargado de codificar una de las cadenas del colágeno tipo I, principal componente de la matriz ósea, pueden afectar de manera significativa la masa ósea máxima alcanzada en la juventud y la velocidad de su pérdida con el paso del tiempo.
Esto implica que, desde etapas tempranas de la vida, ciertos individuos cuentan con una ventaja genética que les permite desarrollar huesos naturalmente más fuertes, mientras que otros presentan una predisposición a una menor masa ósea y, en consecuencia, a una mayor fragilidad. Los antecedentes familiares de osteoporosis son una señal clara de esta influencia hereditaria.
La influencia del estilo de vida y la nutrición
Más allá de la genética, el estilo de vida y la alimentación desempeñan un papel fundamental en la salud ósea a lo largo de toda la vida. Mantener una dieta equilibrada, rica en calcio y vitamina D, es esencial, ya que el calcio constituye la base mineral del hueso y la vitamina D favorece su correcta absorción y aprovechamiento.
Otros nutrientes, como la vitamina K, el magnesio, el fósforo y las proteínas, también participan activamente en la formación y el mantenimiento de la matriz ósea.
La práctica regular de actividad física, especialmente ejercicios que implican carga de peso y resistencia —como caminar, correr, bailar o entrenar con pesas—, estimula a las células óseas a fortalecerse y aumentar su densidad. Este estímulo mecánico promueve la remodelación del hueso, favoreciendo su adaptación y robustez.
En contraste, el sedentarismo, el tabaquismo y el consumo excesivo de alcohol contribuyen al deterioro progresivo de la estructura ósea, elevando el riesgo de fracturas. Fumar disminuye el flujo sanguíneo hacia los huesos y afecta la producción de estrógenos, mientras que el alcohol puede dificultar la absorción de calcio y vitamina D.
Asimismo, diversas enfermedades y tratamientos farmacológicos influyen en la resistencia ósea. Las hormonas tienen un impacto notable: los estrógenos en las mujeres y la testosterona en los hombres ayudan a preservar la densidad del hueso. Cuando estos niveles hormonales disminuyen, como sucede durante la menopausia o en ciertas condiciones médicas, la pérdida de masa ósea puede acelerarse.
La microarquitectura ósea y su importancia
La estructura interna del hueso, conocida como microarquitectura ósea, es tan relevante como su densidad mineral. Un hueso puede presentar valores normales de densidad, pero si la red de trabéculas —las pequeñas estructuras que conforman el hueso esponjoso— está dañada, desorganizada o es escasa, su resistencia mecánica se verá comprometida.
La calidad ósea engloba esta organización interna, el equilibrio entre formación y resorción ósea, la presencia de microdaños y el grado de mineralización. Un hueso con buena calidad estructural es más flexible y menos propenso a fracturarse, incluso cuando se somete a esfuerzos o tensiones importantes.
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