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Tras el acuerdo con el SAT, ¿qué sigue para Ricardo Salinas Pliego?

Mario Maldonado
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El acuerdo de pago alcanzado este jueves entre las empresas de Grupo Salinas y el Servicio de Administración Tributaria (SAT) marca un punto de inflexión en una de las disputas fiscales más largas y politizadas de las últimas décadas. El conglomerado que preside Ricardo Salinas Pliego aceptó cubrir 32 mil 132 millones de pesos, de los cuales 10 mil 400 millones ya fueron ingresados a la Tesorería de la Federación y el resto se liquidará en 18 parcialidades.

De acuerdo con el grupo, el pago no implica aceptar la justicia del cobro ni un cambio de postura frente al gobierno, sino la decisión pragmática de cerrar un frente que consumía tiempo, energía y capital político. Con este desembolso —que incluso rebasa los acuerdos pactados originalmente en 2024—, Grupo Salinas sostiene que no adeuda un solo peso más al fisco mexicano, por ningún concepto.

Con el tema fiscal cerrado, la pregunta es: ¿qué sigue para Ricardo Salinas Pliego?

En una entrevista reciente con el Financial Times, Salinas Pliego dijo que su objetivo es trazar una línea política alternativa al régimen actual; una narrativa que confronte al oficialismo desde el liberalismo económico, la defensa de la propiedad privada y la crítica abierta al estatismo que domina hoy en América Latina. Salinas no habla aún como candidato formal, pero sí como actor político en construcción, con peso dentro y fuera del país.

Y es que si algo distingue a los líderes que han irrumpido en la política sin pasar por las estructuras partidistas tradicionales —desde Trump hasta Bukele o Milei— es la capacidad de articular un discurso que capitalice el descontento popular con las élites establecidas. Salinas Pliego, con su enorme plataforma empresarial —TV Azteca, Grupo Elektra, Banco Azteca y otros vehículos de comunicación e influencia— tiene recursos y alcance que muy pocos actores privados en México pueden igualar.

El empresario ha mostrado que no teme la confrontación directa con el gobierno, una postura que si bien ha dividido opiniones también le ha granjeado simpatías entre sectores que se sienten marginados por las posturas del oficialismo. Esos sectores, que incluyen desde empresarios hasta pequeños comerciantes y segmentos de clase media, perciben en Salinas Pliego un símbolo de resistencia frente a lo que consideran un exceso de intervención estatal y de amenaza hacia el sector privado.

En ese terreno, el acuerdo con el SAT le alcanza para mucho a Salinas Pliego. Primero, le quita al gobierno su principal bandera legal para desacreditarlo. Segundo, le permite reordenar su agenda empresarial internacional, particularmente en Estados Unidos, Europa y en una parte de Latinoamérica. Y tercero, lo libera para intensificar una estrategia de influencia política que no pasa por los partidos tradicionales.

Se anticipa que la postura de Salinas Pliego siga siendo ruda, confrontacional y directa contra el gobierno, la 4T y sus operadores. Y si el regimen ya no puede usar los impuestos como arma, ¿cuál será el nuevo pretexto para bloquearlo?

El expediente fiscal agotado abre paso a otros frentes ya conocidos: regulatorio, financiero y mediático. Las presiones sobre concesiones, permisos, campañas de desprestigio, auditorías selectivas, litigios administrativos y el uso político de organismos gubernamentales son herramientas que el oficialismo ha utilizado antes y que puede volver a activar.

Pero hay otro elemento que no debe subestimarse: la narrativa. Para el régimen, Salinas Pliego no solo sigue siendo un adversario económico, sino un antagonista electoral potencial, aunque él se empeñe en decir que solamente si no hay otra alternativa él sería candidato presidencial. 

La política mexicana tiene un enorme déficit de representación y una sociedad que, en buena medida, está desenganchada de los discursos y ofertas partidistas tradicionales. Un actor como Ricardo Salinas, con recursos, alcance y músculo mediático, puede llenar ese hueco discursivo y movilizar electorados que hoy no se sienten representados por los partidos de oposición.

El gobierno lo sabe. Por eso, aunque ya no cuestione su solvencia fiscal, continuará cuestionando su legitimidad política, trazando una línea que lo presente no solo como empresario ambicioso, sino como símbolo de los grandes intereses que históricamente han dominado al país. Es la misma narrativa con la que se han enfrentado empresarios en Brasil, Argentina o incluso Estados Unidos.

La historia de confrontación entre Salinas Pliego y el regimen de la 4T está por superar su primera fase. Vendrán muchas más. 

Posdata 

Aunque la ruta que hoy perfila Ricardo Salinas Pliego no es partidista, en la oposición política la escasez de figuras competitivas rumbo a 2030 ha puesto el nombre del empresario en el radar. El presidente del PAN, Jorge Romero, lo reconoció en una entrevista en noviembre pasado con el diario El País. “Si Ricardo Salinas Pliego se anima y avanza, no lo descartamos como candidato presidencial”, dijo. Fue el reconocimiento de que, ante el vacío de liderazgos, la oposición observa con atención a actores fuera del sistema de partidos.

En su conversación reciente con el Financial Times, Salinas Pliego dejó claro que no está obsesionado con una candidatura ni con un cargo, sino con construir una plataforma política e ideológica que funcione como alternativa al régimen actual. Su desconfianza hacia los partidos tradicionales —incluidos los de oposición— es abierta, puesto que los considera estructuras capturadas por burocracias internas, incentivos de corto plazo y cálculos electorales que impiden proyectos de largo aliento. Por eso insiste en una ruta no partidista como punto de partida, más cercana a un movimiento cívico-político que a una maquinaria electoral clásica.

Sin embargo, el empresario no cierra la puerta a los partidos. Lo que plantea es un orden distinto: primero la agenda, el discurso y una base social propia; después, si conviene, el vehículo electoral. En esa lógica, un partido podría servir solo como instrumento. De ahí que haya sostenido reuniones selectivas con políticos a los que considera serios y con potencial, como Luis Donaldo Colosio, de Movimiento Ciudadano, con quien ha intercambiado diagnósticos sobre el desgaste del sistema político y la necesidad de una alternativa creíble.

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